A los 104 años, el pensador francés convoca a una resistencia social y espiritual frente a la sumisión contemporánea
Con una claridad intelectual que desafía al tiempo, el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, de 104 años, ha lanzado una advertencia que resuena con fuerza en el debate público internacional: “La sociedad es cada vez más sumisa, debemos pasar a la resistencia”. Su llamado acompaña la publicación de su más reciente obra, Lecciones de la historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado?, un libro que invita a revisar críticamente la experiencia histórica para comprender los riesgos que enfrenta el mundo actual.
Lejos de una reflexión nostálgica, Morin propone una lectura activa del pasado como herramienta para enfrentar un presente marcado por crisis múltiples, incertidumbre política y debilitamiento del pensamiento crítico. Para el autor, la historia no es un archivo muerto, sino una fuente viva de aprendizaje que permite reconocer patrones, peligros y posibilidades de transformación.
En entrevista con el diario El Mundo, el pensador lamentó que la vida política y social esté dominada por la inmediatez. “El día a día domina la política y la vida cotidiana. Vivimos desarraigados del pasado y privados del futuro. Olvidamos que vivimos dentro de una historia”, afirmó. Esta desconexión temporal, advierte, favorece la apatía social y abre la puerta a formas sutiles —pero profundas— de sumisión.
Un mensaje dirigido a las nuevas generaciones
Uno de los ejes centrales del nuevo libro de Morin es su llamado a la juventud. A los jóvenes les reconoce frustración, desencanto y desconfianza hacia las instituciones democráticas, pero les advierte que la pasividad no es una opción. Para el filósofo, incluso en contextos adversos, la acción consciente y crítica es indispensable.
“Lo improbable puede llegar a suceder”, recuerda Morin desde su experiencia de vida, marcada por guerras, crisis ideológicas y transformaciones históricas radicales. Esa convicción lo lleva a insistir en que, aun cuando el panorama resulte inquietante, la historia demuestra que los escenarios aparentemente cerrados pueden abrirse de manera inesperada.
Al ser cuestionado sobre los paralelismos entre el presente y el periodo previo al ascenso del nazismo —una tesis compartida por el intelectual italiano Siegmund Ginzberg—, Morin reconoce similitudes inquietantes. “Las condiciones históricas son distintas, pero los peligros y las cegueras son de la misma naturaleza”, explica. Frente a ello, su conclusión es tajante: “Con o sin esperanza, con o sin desesperanza, debemos pasar a la Resistencia”.

De la experiencia vital a la reflexión crítica
Nacido como Edgar Nahoum el 8 de julio de 1921 en París, Morin proviene de una familia judía sefardí con raíces en Tesalónica. Un acontecimiento marcó profundamente su vida: la muerte de su madre, Luna Beressi, cuando él tenía apenas diez años. “La muerte de mi madre ha sido el hecho principal de mi vida”, ha reconocido el propio filósofo, señalando ese episodio como el origen de una sensibilidad particular hacia el dolor, la fragilidad humana y la condición existencial.
Durante su adolescencia encontró refugio en la literatura —especialmente en la obra de Dostoievski—, el cine y la aviación. Su conciencia política se despertó con la Guerra Civil Española, que lo llevó a comprometerse con las causas antifascistas. Posteriormente, se formó académicamente en instituciones como la Sorbona y la Universidad de Toulouse, donde estudió Geografía, Historia y Derecho.
La Segunda Guerra Mundial fue decisiva en su trayectoria. Morin se integró a la Resistencia antinazi y participó en la Liberación de París, experiencias que consolidaron su rechazo a los dogmatismos y a toda forma de totalitarismo. Más adelante, el proceso de desestalinización impulsado por Nikita Jruschov reforzó su mirada crítica frente a las ideologías cerradas.
Policrisis y pensamiento complejo
Tras la guerra, Morin se incorporó al Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS), desde donde desarrolló una obra intelectual que transformó el análisis social contemporáneo. En 1993 acuñó el concepto de policrisis para describir la interconexión de las crisis económicas, ambientales, políticas y sociales. Según Morin, estos fenómenos no pueden abordarse de manera aislada, pues se retroalimentan y se potencian entre sí.
Otro de sus grandes aportes es el pensamiento complejo, desarrollado ampliamente en su obra El método. Frente a las visiones simplificadoras, Morin propone comprender la realidad como un sistema en el que las partes y el todo se influyen mutuamente. Desde una lógica dialógica, sostiene que el orden y el caos no son opuestos absolutos, sino fuerzas que coexisten y se transforman entre sí.

Una vida de rebeldía intelectual
La trayectoria de Morin ha estado marcada por la independencia de criterio. En 1951 fue expulsado del Partido Comunista Francés por cuestionar sus dogmas. Durante el Mayo del 68, ejerció como profesor en la Universidad de Nanterre y fue testigo directo de las movilizaciones estudiantiles, sobre las que escribió para el diario Le Monde. Décadas después, su pensamiento volvió a cobrar fuerza en los movimientos juveniles de 2011, junto al de figuras como Stéphane Hessel.
Hoy, Morin advierte sobre el resurgimiento de fascismos, nacionalismos excluyentes y nuevas “religiones políticas” que prometen salvación, pero generan violencia y exclusión. Desde su perspectiva, estas ideologías “prometían el cielo y trajeron el infierno”.
La resistencia del espíritu
A punto de cumplir un nuevo aniversario de vida, Morin atribuye su longevidad a la curiosidad constante. “Conservo la curiosidad de la infancia, las aspiraciones de la adolescencia y la responsabilidad del adulto”, afirma. Para él, aprender y cuestionar son actos permanentes.
Su mensaje final a la juventud es claro y contundente: nunca sacrificar la libertad. “Estamos dominados por formidables poderes políticos y económicos, y amenazados por una sociedad de sumisión. La primera y más fundamental resistencia es la del espíritu”, concluye el filósofo, reafirmando que la resistencia no comienza en las calles, sino en la conciencia crítica de cada individuo.

