La resistencia también se borda, se recuerda y se nombra desde la escena.
Escrita e interpretada por Claudia Santiago, y dirigida por Nayeli Pollien Cruz junto con la propia autora, la puesta en escena se presenta en la Sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque, como parte de la programación del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), organismo de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México, en colaboración con la Compañía Espejo Mutable.
La historia sigue a Sabina, una joven que vive en la Ciudad de México y que recibe un llamado que la obliga a regresar a Ixtaltepec, Oaxaca, tierra de su abuela Cecilia. En ese retorno, el territorio aparece atravesado por transformaciones recientes: la presencia de parques eólicos, los cambios derivados de la obra pública y las huellas del sismo de magnitud 8.2 ocurrido en 2017, que dejó profundas afectaciones en la vida comunitaria.

El proyecto tiene una raíz autobiográfica de largo aliento. Claudia Santiago comparte que la escritura inició hace más de dos décadas, tras la muerte de su abuela, pero tomó una nueva dimensión después del terremoto de 2017, cuando al limpiar los restos de la casa familiar encontró una maleta que contenía un huipil, prenda que hoy se integra como elemento central del montaje.
En escena, este hallazgo funciona como detonador narrativo: el huipil activa una memoria íntima que devuelve a Sabina a las tardes compartidas con Cecilia, quien le enseñó a portar el huipil de cadenilla, bordado bajo un árbol de mango en el patio de su casa.
Para la autora, el huipil no opera únicamente como símbolo identitario, sino como un archivo vivo de conocimiento y memoria colectiva. En él se condensan cosmovisiones, saberes matemáticos y formas de entender el mundo transmitidas por generaciones de mujeres del Istmo.
El huipil que oculta propone así una mirada íntima sobre lo que se hereda, lo que se silencia y la manera en que la memoria incide en la forma de habitar el origen. La obra coloca en primer plano la voz de las mujeres y la dimensión afectiva de la defensa del territorio, entendido como un espacio donde se sostienen la lengua, los vínculos y las historias.

La propuesta escénica dialoga con recursos tecnológicos como el videomapping y la presencia explícita de asistentes de voz, utilizados como elementos dramatúrgicos que contrastan con la memoria oral, el saber comunitario y los discursos contemporáneos sobre el progreso.
El montaje es resultado de un proceso riguroso de más de un año y medio de trabajo, y cuenta con la participación de un equipo creativo integrado por artistas y creadoras del Istmo, así como especialistas en escenografía, vestuario, diseño sonoro y música en vivo.
La obra estará en temporada hasta el 15 de febrero de 2026, con funciones los jueves y viernes a las 20 horas, sábados a las 19 horas y domingos a las 18 horas. Tiene una duración aproximada de 75 minutos, está recomendada para público a partir de los 18 años y el costo del boleto es de 150 pesos.


